jueves, octubre 11, 2007

(BIS)

... Y como una balada de Tom Waits que no quiere terminarse a si misma, es necesario que las personas no se acaben, que no tengan fin.
Nuestro subconsciente debe dejar siempre un rincón insospechado, una habitación sin abrir, una estantería sin ordenar ¿Son tus mejores amigos o tu pareja, aquella que te lo ha mostrado y dicho todo? Sellar un pacto común de amor, amistad o las dos cosas no es conceder al otro la potestad de conocer todos tus secretos, sino concederte a ti mismo el poder de ocultar algo para que el otro pueda descubrirte, registrarte, pensarte cada día un poco más. El dibujo que tienen de ti, nunca debe ser perfecto, completo, finito.
Cuando todo se sabe entre dos, empieza el silencio, o las palabras vacías. La incomunicación. Porque el camino ya está completado y no hay nada más que hacer.
Volvemos con las personas que han quedado incompletas, porque queremos más de ellos. Y compartimos nuestra vida con alguien porque sabemos que el aprendizaje mútuo nunca termina.

2 comentarios:

marian dijo...

Que cierto es. Sin algo de misterio, no hay interés. Al principio de una relación intentamos agradar al máximo a la otra persona, somos nosotros mismos pero con una dosis extra de glamour, con la capacidad conversadora a límites insospechados y un interés desmesurado en el otro.
La temible rutina se apodera con el tiempo y la lucha implacable consiste precisamente en eso, en no darte todo, en preservar algo de ti mismo... solamente para ti mismo.
Y que bueno cuando lo consigues.

Marc Monje dijo...

Si, guardarte algo de ti mismo y no compartirlo con la otra persona es guardarte algo de lo que ella vio cuando te conoció. Conservar algo, una pizca, de esa magia.